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Cuando las palabras nos fallan (Recap: Enero)

Me cuesta encontrar las palabras adecuadas en este momento.


Para ser sincero, me encantaría estar armando el resumen mensual de siempre…pero simplemente no puedo.


Al mismo tiempo, estamos siendo bombardeados con tantas noticias e imágenes devastadoras que tampoco quiero sumarle a todo eso.


Así que voy a hablar de algo que amo.


El arte.


Te pido, con humildad, que me acompañes un momento.


Una niño admirando Guernica de Pablo Picasso en el Museo Reina Sofía


El año pasado me encontré parado en frente del Guernica de Picasso, en el Reina Sofía. Recuerdo el impacto inmediato apenas entré en la sala. Su tamaño por sí solo impone. Pero cuanto más tiempo permanecía allí, ese asombro se transformaba en algo más pesado, más inquietante. Rostros retorcidos por el dolor. Cuerpos fragmentados. Animales congelados en un grito eterno. Una escena contorsionada y brutal.


Es difícil poner esa experiencia en palabras.


Imagino que muchos estamos ahora mismo sin palabras —no frente a una obra de arte, sino frente a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, en nuestro propio vecindario.


Pero a veces el lenguaje falla, y es justamente ahí donde el arte acierta.


El arte existe en el espacio entre las palabras. Vive por debajo de la superficie.


Lo que hace Guernica —y lo que hace el arte, especialmente en momentos como este— es crear un puente entre la experiencia vivida y la memoria colectiva.


No hace falta ser de España.

No hace falta conocer los detalles de la Guerra Civil.

Ni siquiera hace falta que te guste el arte moderno.


Aun así, lo sientes.


El arte puede despertar emociones de la misma manera que un aroma familiar o un gesto conocido: desbloqueando algo que llevaba tiempo en silencio dentro de nosotros.


Ese es el puente.


Y quizá por eso se siente tan presente ahora, en un momento en el que todo parece fragmentado: política, sociedad, emociones. Cuando la violencia se vuelve constante, el lenguaje se usa como arma y la empatía parece casi inaccesible.


Puede sonar trivial (seguro habrá quien se burle de todo esto… y está bien), pero el arte importa.


Hace muchos años participé en una obra en la que interpretaba a un joven conflictivo, obligado a ir a terapia para enfrentar sus problemas, entre ellos una relación profundamente rota con su familia. Al final del primer acto, mi personaje muere por suicidio. Fue un papel especialmente significativo —y difícil— para mí, porque años antes había perdido a alguien muy querido de esa manera.


Después de una función particularmente emocional, una mujer se me acercó, me abrazó con fuerza y simplemente dijo: “Gracias”.


No tengo forma de saber qué significó realmente ese momento para ella, pero sentí que la historia la había ayudado a comprender algo, quizá incluso a sanar una herida. Al menos, eso espero.


No estoy diciendo que el arte sea la respuesta. Hay personas que sufren. Hay personas que mueren. Ningún cuadro, película u obra de teatro va a arreglar eso de forma mágica.


Pero no se puede negar el poder de las historias.


Esa función no cambió el mundo, pero pudo haber cambiado algo en alguien. Y eso importa. Cada gesto cuenta. Cada grano de arena suma.


El arte quizá no sea la respuesta, pero sí es una oportunidad: un camino hacia la conexión y, tal vez, hacia la sanación.


Nunca olvidaré La vida es bella ni La tumba de las luciérnagas, ni el impacto que tuvieron en mí. Sentado en una sala oscura, la historia dejó de ser abstracta. Tenía rostro. Tenía corazón. Tenía una sonrisa. Esas historias llegaron a un lugar al que los datos y las fechas nunca llegan.


Historias como Angels in America, Do the Right Thing, Parásitos o Moonlight no sermonean ni explican. Simplemente te colocan dentro de la vida de otra persona el tiempo suficiente para que su miedo, su deseo y su dignidad se vuelvan imposibles de ignorar. No te piden estar de acuerdo. No te dicen qué pensar. Te piden que te quedes. Que habites la incomodidad. Que reconozcas partes de ti en vidas que quizá nunca conocerías de otro modo.


Eso no es evasión. Es exposición.


Y la exposición, cuando la permitimos, tiene el poder de conectarnos.


El arte no existe para tranquilizarnos mientras el mundo arde.

A veces existe para asegurarse de que no miremos hacia otro lado.


Por eso, en momentos como estos —violencia política, polarización, odio, debates sobre genocidio, agotamiento moral— el arte sigue siendo esencial. No porque solucione nada de inmediato, sino porque nos mantiene humanos y conectados el tiempo suficiente como para darnos cuenta de lo que está pasando.


Para cuestionar lo que nos dicen.

Para cuestionar lo que se espera que aceptemos.

Para cuestionar a quién beneficia nuestro silencio.


Desentenderse no nos protege. Mirar hacia otro lado no mantiene a nadie a salvo.


A veces involucrarse es una forma de protesta. A veces es apoyar a organizaciones como ACLU, RAICES, Doctors Without Borders, o International Rescue Committee que trabajan directamente sobre el terreno —en derechos civiles, migración o ayuda humanitaria—. A veces es apoyar comercios locales, gastar con más intención o ser más cuidadosos con lo que leemos, compartimos y amplificamos en un mundo donde la desinformación —y ahora también la IA— puede moldear la realidad más rápido que la verdad.


Y a veces, sí, es algo más pequeño que todo eso.


A veces es invitar a alguien con quien no coincidimos del todo, ver una película juntos y dejar que el arte haga su magia: crear un pequeño puente donde las palabras suelen fallar.



Te invito a escuchar este audio de Adi Goldstein.

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